En Llibres al replà hemos escrito este semestre sobre personajes estrafalarios y otras excentricidades relacionadas con el mundo de la literatura infantil. Los vecinos han presentado un panorama diverso y rico. En lo personal, quise centrarme en una línea de excentricidad muy peculiar, a la vez de meditar sobre cómo sucede esto de salir del centro, escapar de lo central, desviar la mirada. Para este sismo, he recurrido a un autor estimado que ya no está con nosotros. Ahí voy.
Pensemos, por un momento, que el mundo es normal. La vida social en el planeta responde a normas. Todas las personas saben qué se ha de hacer, dónde y cómo. El sentido común habilita a los humanos a comportarse de manera adecuada: «donde fueres haz lo que vieres». Los conflictos, prácticamente, desaparecen, porque incluso cuando suceden de manera objetiva, todas las personas saben cómo actuar para resolverlos.
Pensemos, por un momento, que esto es así.
En ese contexto armonioso, de golpe, sin que lo viéramos venir, aparece algo raro. Un personaje se rebela contra los lugares comunes. Los cuestiona. Duda de ellos y hace dudar sobre ellos. Donde todo era claro, hace una humorada oscura, casi negra. El mundo se suspende tras la risotada que de inmediato emerge.
Supongamos que ese mundo es el de la literatura infantil y que ese personaje raro, díscolo, inquietante es un ilustrador que se llama Edward Gorey.
Gorey es el excentricismo en persona, uno de los raros más raros dentro del campo de los libros para la infancia. El año pasado cumplió cien años: había nacido en Chicago, USA, en 1925, y murió en Massachussets en el año 2000. En general, todos olvidamos celebrar su aniversario: ningún raro es profeta en su fiesta. Casi todos lo olvidamos, menos los editores de Libro del Zorro Rojo, que lo obsequiaron con una publicación regalo: una cajita con cinco de sus títulos góticos más extraordinarios, publicados por el autor a lo largo de la década de los sesenta (entre 1961 y 1971).
“La biblioteca macabra” lleva por título la compilación de los cinco libritos de tapa blanda, cuerpo pequeño, agrupados en una cajita de cartón en tonos púrpuras y negros. La caja contiene los siguientes títulos de autoría integral de Edgard Gorey:
- “La niña desdichada”, de 1961.
- “Los pequeños macabros”, de 1965.
- “El jardín maléfico”, de 1965.
- “El zoo absoluto”, de 1967.
- “La procaz intimación”, de 1971.
El primer volumen, “La niña desdichada”, explica la historia de una pequeña llamada Charlotte Sophia, hija de una familia acomodada y bondadosa. La historia es el relato de la caída en desgracia de la niña. Una caída que no para de empeorar su situación hasta el final, en el que la niña muere.
Gorey no tiene miramientos respecto del sufrimiento de la niña: en estas páginas, todo es tan exagerado que, en lugar de movernos a pena, acaba por movernos a risa.
El segundo volumen, “Los pequeños macabros“, es un compendio de muertes funestas, endemoniadas, exóticas. Muertes pequeñas, casi tontas, resumidas en un verso y alfabéticamente ordenadas de la A a la Z: las muertes macabras nos presentan personajes que traspasan la vida de una manera tan ridícula que nos dificulta mucho ser compasivos con ellos. En otros contextos, cada una de esas muertes podría ser un drama, pero así presentadas, como en un juego de cartas macabro, solo puede asumirse como una comedia obscena.
El tercer tomo se corresponde con un librito que lleva por título “El jardín maléfico”. Un paseo familiar por un jardín botánico se presenta
como un viaje terrorífico a la más absoluta extrañeza, y acaba con la muerte de todos los personajes: principales y secundarios. En estrictos pareados, el texto se lee en voz alta como una narración burlesca de fácil entonación.
En el cuarto volumen encontramos un bestiario. “El zoo absoluto” nos presenta un abecedario compuesto con animales estrafalarios, derivados de la
febril y estrambótica fantasía del autor. Resuenan en este texto juguetón las reminiscencias del absurdo expresado en los limericks victorianos. El resultado tiene un aire de cancionero de María Elena Walsh, pero cantado por Edward Alan Poe en una noche de borrachera.
El quinto y último volumen de la serie, “La procaz intimación”, está escrito en la misma línea de “El Jardín maléfico”: pareados que narran una historia, la de la señorita Squill, seducida por el Demonio y ganada por el mal para siempre. La señorita Squill se vuelve más demoníaca que el propio Demonio (procedimiento goreyano en su máxima expresión) hasta que este, el Demonio, desbordado por la maldad femenina de la joven contrincante, acaba por eliminarla, lanzándola al infierno.
El dibujo de Gorey, estilizado en una línea decorativa y vegetal tipo art nouveau, cercano al estilo modernista de Aubrey Beardesley (1872-1898), se presenta como algo muy irónico, pues allí donde debería cumplir con los afanes naturalistas de llenar un vacío semántico (el proyecto modernista: tapar con ornamentos el sinsentido de la buena vida burguesa), acaba por convertirse en profeta de ese vacío, resaltando el absurdo más absoluto de la vida y la muerte postmoderna. Este afán irónico late entre el dibujo estilizado de Gorey y las superficies punteadas en negro con las que da cuerpo, fondo y textura a sus dibujos.
Gorey no escatima en recursos góticos y escabrosos para dibujar infancias y personalidades tan exageradamente desdichadas que, más que movernos al miedo y al terror, nos provocan una extrañeza que acaba por movernos a risa.
Una vez que salimos de este estado anímico, solo nos queda intentar reflexionar sobre la manera en que la “normalidad” de los libros para la infancia es transgredida en estos pequeños volúmenes: porque pensar en la transgresión nos puede ayudar a pensar en la normalidad. Dejar de reír,
ponernos serios y reflexionar sobre la validez de los límites y de las limitaciones que la gran mayoría de los textos y las ilustraciones de los libros para la infancia imponen a las y los lectores. Límites y limitaciones estéticos y pedagógicos que hacen a la “normalidad” del mundo que ofrecemos a niñas y niños, allí donde la seriedad y la risa no dejan de vestir y desvestir al emperador de turno.
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