Llibres al replà

Mirlos: canciones de vida y muerte

A la memoria de mi madre, Walkiria Lens Mara (25/10/1936 – 12/10/2025)

Para quienes venimos del hemisferio sur, el mirlo tiene un encanto especial: es una especie de pájaros desconocida y de fácil y encantador reconocimiento. Uno se familiariza rápido con la presencia desenfadada de los mirlos en los jardines primaverales de por aquí, y se enamora rápido de su extraordinario y estridente canto.

Amo a los mirlos: lo confieso. Amo el plumaje negro tornasolado de los machos que contrasta con el verde del césped donde pasean con una altanería sencilla. Amo ese pico naranja: solo de un pico así podría salir un canto tan fascinante. Amo la forma que tienen de avisarte que comienza el día, cuando tú apenas estás por despertar.

Cualquier libro que hable de mirlos me llama y me llamará la atención. Y si encuentro algún libro sobre pájaros que no los mencione, me desentiendo de esas páginas olvidadizas, descuidadas.

Hace unos meses, apareció en la librería un título para muy pequeñitos: “On vas merleta?”, de Eva Rasano. Un libro que, según refiere la editorial, explica a los pequeños cómo orientarse en el espacio y como expresarse respecto al movimiento. Y es cierto: el libro es ideal para eso. Pero yo no pude dejar de apreciarlo como una obra de arte absolutamente mimética respecto de la experiencia que puede hacer un niño, o un adulto, al encontrarse con un mirlo en un jardín, o en un parque. Y eso, sin considerar el tipo de ilustración a collage, muy juguetona. El libro parece decir que los mirlos “son” así, que los mirlos “se comportan” así: aparecen, van para la derecha, luego a la izquierda, saltan hacia allá, luego caminan picoteando hacia aquí, y al final vuelan y desaparecen. Eso es un mirlo para le experiencia humana más simple. Y no me llama la atención que esta “merleta” de Rasano prometa convertirse en una saga: ya hay dos nuevos títulos disponibles en librerías.

Para una experiencia más compleja, un mirlo también puede ser la motivación para despreocuparse de todos los males y angustias del mundo, dejarse ir por las ramas, recuperar la esperanza, ensoñarse en vuelos aventureros, liberarse. Un poco como le sucede a la señora Meier cuando encuentra “esa cosa pequeña, desnuda, tumbada boca abajo, con unos gruesos párpados azules muy cerrados”. Sí, la señora Meier ha topado con un pichón de mirlo malherido, caído en tierra. La señora Meier, personaje entrañable de Wolf Erlbruch, algo paranoica y muy hipocondríaca, deja de lado todas sus preocupaciones y se dedica de cuerpo y alama a criar al pájaro caído. Y vaya que lo logra. Cuidar un pájaro, doy fe, es algo sanador y un punto liberador. Cuidar un pájaro es dejar que el pájaro cuide de nosotros.

El cuidado de los pájaros no puede ser una actitud posesiva. Uno puede cuidar un pájaro así como cuida un jardín. Lo sabe muy bien Nicolas Jolivot, dibujante y viajero francés. “Escribir «mi jardín» y empeñarme en el posesivo resulta exagerado. No se trata de un terreno del que me haya apropiado para transformarlo a mi antojo. No lo considero un bien material. «Mi jardín» existe por la suma de los momentos en los que me encuentro en él“, dice al inicio de este libro que recorre la historia de «su jardín».

Si aquí y ahora escribo sobre mirlos, es por culpa de este título. En el año 2021, cuando el mundo se confinó, Jolivot escribió y dibujó un libro que lleva por título “Viajes por mi jardín”. Es un libro de viajes, pero también es un libro de jardinería, de historia, de narrativas autobiográficas, de reflexión filosófica, de observación de plantas, piedras e insectos. Y de pájaros. La ilustración realista, no deja de tener una vaporosidad poética que vuelve encantador cada detalle y el conjunto de la obra.

El libro tiene una estructura bipartita. Por un lado, el autor escribe y dibuja lo que pasa en el jardín mes a mes durante todo un año. Por otro, intercalando capítulos, escribe y dibuja la historia de la casa y del jardín desde 1821, cuando en un campo, a orillas del río Thouet, afluente del Loira, alguien decidió fraccionar el terreno; desde 1855, cuando el propietario del terreno, un albañil de apellido Pinet, lo cercó con unos muros de piedra; desde 1873, cuando luego de la muerte de Pinet se construyó en el terreno una casa, propiedad de un negociante de carbón; desde 1919, cuando la casa pasó a ser propiedad de la familia del dibujante del libro, quien acabó siendo el propietario hasta el presente. La historia de la casa se cuenta a grandes rasgos, con la debida reconstrucción de la historia familiar.

En la página 55 de este hermoso libro, cuando toca explorar el jardín durante el mes de abril, Jolivot escribe: “Desde hace varios días, un mirlo ha tomado el patio y el jardín. Convive con nosotros hasta el punto de permitirme acercarme a dos metros de él. Apostado sobre el muro o las ramas bajas, hincha el pecho mientras vigila su territorio.” Cuando damos vuelta la página, nos encontramos con una ilustración del mirlo. Una nota indica: “El mirlo Tino. Turdus merula”. Y el dibujo del pájaro bajo una rama de rosal me deja hipnotizado por largos y silenciosos segundos. En las páginas siguientes conoceremos un poco más a Tino, sus costumbres, su familia, su modo de habitar el jardín.

A Jolivot, el mirlo le recuerda a los actores italianos de películas antiguas. El “plumaje negro y brillante, como repeinado con gomina”; el “canto de guaperas”; el comportamiento “de macho incorregible” (p.64). A mí, por cierto, los mirlos tienden a recordarme más a los cantantes de tango: tienen como un aire gardeliano incomparable entre los córvidos de su género. El mirlo vuelve a aparecer en varias páginas y en diferentes momentos del año. Jolivot nos explica cómo interactúa Tino con la familia: hasta dónde llega la sociabilidad y el recato del pájaro.

En la página 192, cuando el autor titula el capítulo histórico de la casa con el año 2021, y explica cómo se hizo propietario del edificio y del jardín tras la muerte de la abuela, cuando ya está narrando su presente vital, vemos una ilustración bucólica del jardín, y al mirlo Tino en un primer plano, rodeado de malvas y tradescantias violetas, dejando entrever más atrás a la mujer del autor, Elizabeth, y al hijo.

Es como si el pájaro hubiera asumido un protagonismo central en lo que hace a la vida del jardín. Por eso, tal vez, no nos sorprende la aparición, unos años más tarde, de un segundo volumen de dibujos, un nuevo libro de Jolivot, dedicado de lleno al personaje, titulado: “Tino, un mirlo en mi jardín”.

En este libro, el autor narra todo un año en la vida del mirlo. Dedica páginas a sus hábitos alimenticios. Dedica páginas a la manera en que crea una familia y se reproduce con su pareja. La obra se convierte en una suerte de libro documental gráfico sobre los mirlos en general, procediendo con rigor inductivo. Pero más allá de su vocación divulgativa, es un libro cargado de una profunda emotividad poética, filosófico a su manera, y por eso mismo, el libro también dedica páginas a la muerte de Tino.

Jolivot, cuando narra el encuentro con el esqueleto del pájaro, se permite dudar respecto de la identidad del mirlo que entierra, pero luego parece estar muy seguro de que es Tino. Al final, deja caer aquel famoso poema de François Coppée sobre la muerte de los pájaros, sobre los delicados esqueletos inhallables; aquel poema de 1872 que acaba preguntando: “¿Será que los pájaros se esconden para morir?

Esta idea de la muerte de Tino, el mirlo de Jolivot, nos conecta de inmediato con uno de los volúmenes que el holandés Velthuijs dedica a su célebre personaje Sapo. En “Sapo y la canción del mirlo”, Velthuijs narra una historia en la que Sapo se hace cargo de un mirlo que encuentra muerto en el camino. Primero, Sapo comunica a su amigo el Cochinito el hallazgo. El mirlo está en el suelo y no se mueve. Los amigos no saben qué le pasa. Llega otra amiga: la Pata, quien cree que el mirlo está enfermo. Luego aparece Liebre, quien sentencia que el mirlo “está muerto”. Sapo no sabe qué es la muerte.

Que sea un mirlo quien enseña a Sapo lo que es morir, no es casualidad. En general, se asocia a estos pájaros oscuros con la función heráldica de la muerte, si bien es curioso que los mirlos no tengan ningún lugar destacado en las mitologías. Lo cierto es que Sapo y sus amigos se hacen cargo de la muerte del pájaro. Reflexionan a partir de ella sobre la muerte en general. Cumplen con rituales fúnebres: cavan un hueco profundo en la tierra, ponen flores sobre el túmulo, improvisan una lápida y despiden al pájaro difunto pensando en lo que había sido la dicha de su vida.

En seguida, los personajes retoman las vidas y los juegos de siempre. Pasan página. Y cuando al final del cuento, cansados de un largo día van de regreso a casa, escuchan a un mirlo, otro mirlo, cantando una linda canción: “Como siempre”.

Tenemos así que los cantos de los pájaros, en general, y el del mirlo en particular, configuran una canción de vida, y por eso, también, representan una canción de muerte. Vida y muerte, planeta y jardín, tierra y cielo, andar y volar, cantar y narrar: tenemos así, con los mirlos, una canción mimética y divina.

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BIBLIOGRAFÍA REFERIDA POR ORDEN DE APARICIÓN:

RASANO, Eva (2024). “On vas merleta?”. Editorial Kókinos, Madrid, 2025. Traducción al catalán de Marga G. Borràs.

ERLBRUCH, Wolf (1995). “La señora Meier y el mirlo”. Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2012. Traducción de Ana Garralón.

JOLIVOT, Nicolas (2021). “Viajes por mi jardín”. Ed. Errata Naturae, Madrid, 2023. Traducción de Inés Clavero.

JOLIVOT, Nicolas (2024).  “Tino, un mirlo en mi jardín”. Ed. Errata Naturae, Madrid, 2025. Traducción de Iballa López Hernández.

VELTHUIJS, Max (1991). “Sapo y la canción del mirlo”. Ed. Ekaré, Barcelona, 6ª. Ed, 2018.

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