Llibres al replà

PARA CUANDO EL SOL ESTÉ Y PARA CUANDO NO ESTÉ.

“Siempre que llovió, paró”, escuchábamos decir a nuestros adultos, como si eso pudiera verificarse de una manera inamovible. ¿Y si un día comienza a llover y no para?, pensé en más de una ocasión en mi infancia, allá lejos y hace tiempo. ¿Qué sucedería si, a partir de un día, el sol dejará de salir por detrás de las nubes y el agua no parara de caer nunca más? Lluvia, lluvia, lluvia… Quienes me antecedieron, y escribieron sobre meteorología en este bloc, se hicieron cargo de la lluvia y del mal tiempo con abundancia. Toca ahora que salga el sol, si bien estamos en junio y no tenemos ni la negritud ni el frío de Josep Carner:

“Sol, vine, que el núvol

tot ell és negror;

fem-nos companya

si també tens por.

Sol, solet,

vine’m a veure, que tinc fred.”

Y si el poema catalán suena tan bien para los oídos de la primera infancia, otro tanto sucede con aquel “Sol solito” que Estrella Ortiz recuperó del cancionero tradicional para la colección de la editorial Libre Albedrío, ilustrado por Nuria Gallardo con unas fotografías de piezas textiles de una sencillez enternecedora.

Un sol que, al ser cantado y contado, promete, para los más pequeños, el inicio del día, cada día, y el final de la noche, cada noche: “Luna, luna, luna / luna, luna, sol”: canta Antonio Rubio sobre la partitura de dibujos de Óscar Villán (Kalandraka).

Y así, el niño despierta, porque el sol despierta. Y con el sol, todo despierta: el gallo, las flores, los pájaros que trinan y vuelan, los animales domésticos, los vecinos, las casas, los coches, la ciudad… eso que imaginarios tan cercanos a los niños retratan con delicadeza, como lo hace el “Bon día”, de Meritxell Martí i Xavier Salomó (Combel), o el de Giovanna Zoboli que ilustra Philip Giordano: “Quan desperta el sol” (Libros del Zorro Rojo).

Recientemente, la editorial Takatuka nos ofreció un regalo maravilloso escondido en el libro “Una cosa”, obra de Aviel Basil. El regalo es una cosa que los amigos buscan con empeño. Una cosa bonita, una cosa grandiosa… El sol nuestro de cada día. Una necesidad vital.

También un regalo hermoso, cuando estamos en invierno. Un regalo que afecta a las personas de manera diferente, según las edades de quienes lo reciben, tal como lo refería Antonio Machado en su poema “Sol de invierno”, en el poemario ‘Soledades, galerías y otros poemas’ (Madrid, 1919):

Un viejecillo dice

para su capa vieja:

«¡El sol, esta hermosura

de sol…» Los niños juegan.

Y si así es el sol de cada día, incluso durante el invierno, otra cosa ha de ser el sol de primavera, que se puede permitir hacer una apuesta con el viento norte respecto de su destreza en el trato con los humanos, tal como lo ilustra el americano Milo Winter para la fábula de Esopo: “Bóreas y Helios”. ¡Sí, la misma fábula que citó la vecina del 1er 1a en su entrada anterior!

Un sol antropomorfizado, que puede hacer la delicia de niños y niñas cuando comienzan a seguir las primeras narraciones. Unos cuentos de talante mitológico, un poco a la manera del relato de Jaume Escala que ilustró Carme solé Vendrell “La Lluna, la Terra i el Sol” (Magenta, 2001; Comanegra, 2018), o como lo hace el cuento nigeriano “El Sol, la Luna y el Agua”, recuperado por Laura Herrera, ilustrado por Ángeles Vargas (Ekaré, 2015), o también al modo de “Los hijos del Sol” que escribe Micaela Chirif, ilustra Juan Palomino (Kalandraka, 2023): una versión libre de la leyenda de Manco Cápac y Mama Ocllo sobre la fundación de la ciudad de Cusco, capital del imperio Inca. Los incas fueron veneradores del Sol, al menos hasta que llegaron los españoles y aplastaron sus creencias, un poco a la manera en que construyeron las iglesias barrocas sobre las murallas de piedra de los templos de Inti.

Y si hablamos de mitos, y antes hablamos de Helios, necesitamos hacer mención del dios griego, divinidad solar, hijo del titán Hiperión y de la titánide Tea, hermano de Eos, la aurora, y de Selene, la luna, funcionario del Olimpo, avisando a Zeus de todo lo visible. Todos los días, Helios, personificación del Sol, monta sobre su carro de oro tirado por caballos y hace su recorrido invariable por el cielo, de oriente a poniente, tal como lo retrata el relieve troyano de la derecha.

A su turno, al sol del verano ya no le pedimos un poco de calor, sino que cumpla con la función vital de renovar toda la naturaleza: ese sol que cuyo huevo descubre la pequeña hada de Elsa Beskow: “L’ou del sol” (ING) y que la invita a viajar hasta las tierras cálidas donde crecen las naranjas; ese sol que nos convida a ir a su encuentro antes del amanecer, como de una manera magistral y sorprendente lo narra el álbum “Un amic ens espera” de Marie Dorléans (Símbol); ese sol que a medida que avanza el verano sale más tarde y se esconde más temprano, y no es por causa de ningún ladrón, como le toca descubrir a la ardilla de Alice Hemming y Nicola Slater en el cuento “El ladrón de sol” (Miau), que viene a completar la serie de las estaciones de este personaje tan del gusto de los más pequeños; ese sol de justicia que nos invita a dejar la ciudad, imposible de tanto calor, e ir al mar a refrescarnos, como tan placenteramente lo retrata el álbum “Canícula”, de Doug Salati (Juventud); ese sol que se ha observado y dibujado en todo su esplendor y de muy diferentes maneras por grandes artistas y por niños pequeños, tal como nos lo recuerda Bruno Munari en ese libro que es toda una lección de arte: “Dibujar el sol” (Gustavo Gili).

 

Este último título nos recuerda que podemos acercarnos al astro rey por vías no narrativas. Hay varios libros informativos que enseñan a la infancia la importancia del sol. Tres recupero aquí: uno muy sistemático, “El sol i els planetes”, de Patricia Geis (Combel), que con su dominio de la ingeniería de papel nos enseña de manera muy didáctica cómo se comporta el sol en el sistema que lleva su nombre; otro de carácter histórico, “El sol. Contemplando el cielo desde la prehistoria hasta nuestros días”, de Peter Goes (Maeva Young), que como bien indica el subtítulo hace un buen repaso del papel que el sol ha jugado en la historia de la civilización; finalmente, uno que aborda un tema preocupante: “¿Cuánto calor es 1 grado más? ¿Qué pasa con el cambio climático?”, de Kristina Scharmacher-Schreiber y Stephanie Marian (Lòguez), donde podemos ver con claridad cómo el sol afecta el paisaje y lo que puede suceder cuando este deja de comportarse de manera “natural”.

   

Para acabar, ¡qué mejor que una historia en la que el sol se retira de escena! Una historia de equinoccio de otoño, estación de las cosechas, cuando los distintos pueblos, con sus tradiciones y rituales bien diferentes, se preparan para el invierno y celebran fiestas para agradecer a la naturaleza el alimento que otorga año a año. Recupero entonces la novela gráfica “Y entonces nos perdimos”, de Ryan Andrews, publicada por Astronave: una historia de aventuras e iniciación, justo en esa temporada en la que el sol se retira de escena, como un astro caído.

 

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