Llibres al replà

FOTOGRAFIAR DINOSAURIOS Y OTRAS PRÁCTICAS DE REPRESENTACIÓN (MENOS) REALISTAS

Cuando uno es librero ha de saber quién es el comprador del libro. Quién hace la inversión, sufriéndola como un gasto. Ha de saber qué quiere el adulto que el niño lea. Y si el adulto le pide al librero un libro con “fotografías reales”, ha de saber, el librero, que lo que el adulto quiere es un tipo de representación de la realidad muy realista, exageradamente realista: a ese adulto no le alcanza con pedir un dibujo nítido de un león o un libro de fotografías de animales de la selva, así, sin más. No. Él quiere un libro de “fotografías reales”, fotografías que “no engañen” ni “confundan” al niño.

En esos casos, el librero no ha de exagerar en su afán por atender al cliente. No se ha de pasar de la raya: no se trata de vender al adulto un león de carne y hueso, si lo que quiere el adulto es un libro con leones que parezcan leones de verdad y no una representación abstracta, simbólica, ligera del rey de la selva. Tampoco ha de sugerirle que en lugar de un libro de animales compre una entrada al zoológico. No. Él ha de interpretar correctamente el afán semiótico realista del adulto y buscar un libro adecuado. Y si el adulto quiere un libro de fotografías de dinosaurios, pues el librero ha de intentar de acallar la imposibilidad. No ha de subrayar el inconveniente anacrónico y ha de ofrecer, amable y descuidadamente, uno de esos libros de dinosaurios donde la hiperrealidad del dibujante no le afee la venta.

Cuando uno es librero convive con estas cosas: el mapa a escala 1 que desveló a Borges no ha de ser un impedimento pleistocénico cuando se trata de vender el libro de dinosaurios para el cliente realista.

Pero cuando uno se aparta del afán fenicio del librero y piensa en como potenciar con la imagen la imaginación de la infancia sabe que la representación de la realidad no tiene que ser del todo precisa. A veces, una foto desenfocada puede despertar la imaginación de la niña o del niño de una manera mejor que una foto bien encuadrada. “Una imagen estable y acabada corta las alas de la imaginación”, dice la máxima de Gastón Bachelard con la que se abría al público la exposición “Desenfocado. Otra visión del arte”, que pudimos apreciar en Caixa Forum unos meses atrás. Una exposición donde acercarse a la obra de artistas que han trabajado con distintas técnicas de fotografía en sus realizaciones. Gerhard Richter, Pedro G. Romero, Thomas Ruff, Philippe Cognée, Alfredo Jaar, Hervé Guibert, entre otros, trazan el elogio de lo confuso, lo desenfocado, lo borroso, lo impreciso como una forma de acercarse a la realidad, representarla y comprenderla mejor en todo lo que tiene de dinámica. El catálogo de la muestra es un libro donde descubrir la propuesta en toda su dimensión.

Otro tanto nos sucede cuando repasamos el libro de la italiana Pia Valentinis “Fotografie sbagliate” (fotografías equivocadas o imperfectas), publicado por Marinonibooks, en 2024.

Pia Valentinis tiene una “manía” (ese es el leitmotiv de la colección de libros que incluye este pequeño volumen) con las fotografías imperfectas. Fotografías con diferentes “defectos”: desenfoques, movimiento, quemadura de la imagen, un dedo puesto sobre el foco, algo que se interpone sobre el plano… A partir de esas fotos, que la autora consigue en mercadillos, realiza dibujos que reproducen la imperfección, el error. Valentinis es consciente de que allí, en ese desvío de la reproducción exacta, puede la imaginación recrear una historia perdida y darle vida.

Los errores inocentes, lo sabemos quienes escuchamos a los niños cuando comienzan a hablar, pueden ser encantadores. A partir de la imperfección, de lo que se desplaza, de lo que se borronea, de lo que se interrumpe y desvía, la poesía crece.

Esto es, precisamente, lo que logra Manuel Marsol en su último libro: “El cielo en casa”, publicado recientemente por Fulgencio Pimentel.

A partir de una foto borrosa sobre la que el narrador no puede recabar más que unos pocos datos, el autor traza una malla de recuerdos atando los puntos abiertos. El silencio y el misterio familiar es horadado por la imaginación que indaga. Son recuerdos que combinan información histórica-cultural e información personal y que buscan, por un lado, vivir en retrospectiva un duelo filial y por otro, ofrecer a todos los lectores la posibilidad de reflexionar a fondo sobre todo aquello que, en la realidad, no podemos asir con certeza y, en la memoria, es un vacío donde el tiempo se detiene para siempre, o para nunca, pues ese agujero de certezas puede ser el punto desde donde tejer el relato que da sentido a la propia existencia.

Llegados hasta aquí, y parafraseando a Monterroso, podemos decir: cuando hicimos la foto, el dinosaurio todavía estaba allí.

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