Tengo que decir que el género policial me atrapa una y otra vez. Por eso, cuando esta semana pude leer el último Premio Edebé de literatura juvenil, Desconocido, de Enric Lozano (Edebé, 2018), me hundé de frustración dejando pasar las horas sin mirar el reloj.
Pero, ¿dónde he aumentado el interés por este género que sólo permite "pasar el rato" (para algunos)? Bueno, hagamos un poco de memoria.
Según algunas de las abuelas del LIJ, una obra importante y pionera del género es, sin duda, Emili y los detectives.
Según el blog Classics and Young People, "Emili i els detectives (1929) es la obra más popular del escritor alemán Erich Käestner (1879-1974), un escritor muy querido en Alemania, considerado uno de los principales clásicos de la literatura juvenil nacional, mientras era respetado por su producción adulta". La historia, aunque simple, gira en torno a un niño pobre, Emili, que le estaba robando el dinero que tenía a su llegada a Berlín. Lejos de asustarse, inicia el enjuiciamiento del delincuente con tanta astucia que lo atrapa, recupera el dinero y logra detener a un ladrón importante.
Sin embargo, en nuestras latitudes, el visionario Josep Maria Folch i Torres publicó, en 1912, una de las historias más singulares de investigadores nacidos encima de la capa terrestre: Bolavà detective.
Publicado un año después del famoso Massagran, en esta novela detectivesca el brillante escritor nos presenta un investigador único que resuelve los casos más estridentes desde una lógica muy singular.
Sin embargo, durante los cuarenta años de oscuridad, y cuando en el resto de Europa se vivieron en el resto de Europa las novelas de pandillas capaces de resolver los casos más enmendados -estamos hablando de Los cinco y otros- en el resto de Europa, aquí apenas pudimos disfrutar de las novelas de Manuel de Pedrolo, que más tarde fueron prestadas para la literatura juvenil ante la falta de oferta ad hoc.
De la obra detectivesca de Pedrolo, en palabras de una de las voces más grandes del género como Jaume Fuster, dijo: La novela detectivesca en la obra de Pedrolo no se reduce a títulos explícitamente policiales, ni a su trabajo como traductor y director de una colección de novelas de ladrones y serenes. Hay elementos policiales en otras obras: algunas parapolíticas y otras absolutamente alejadas de las instalaciones del género. Cuando un crítico académico decide poner la producción literaria de pedroliana en solfa -y está a punto de ser una hora- tendrán que tener esto en cuenta si no quieren caer en gruesos errores de interpretación.(…) En las tres novelas detectivescas de Pedrolo -policía adecuada, hay que decirlo-, el autor recurre a diferentes formas. En El inspector llega tarde y en Joc brut, Pedrolo nos cuenta una historia desde la perspectiva del malhechor. Cuando se mordió la cola, Pedrolo inventa a un informante comercial puesto a detective, al estilo americano.
Es el propio Jaume Fuster quien en 1976 rompe de nuevo una lanza hacia la normalización de la policía con Poco a poco se llena el fregadero (Ed. 62), una obra que marcará el renacimiento del género y, no sé si también se ha convertido en lectura juvenil.
Más tarde parecería que poco a poco la policía juvenil se normaliza con la aparición de un Flanagan -No pidas lubina fuera de temporada (Laia, 1987)- creado por Jaume Ribera y Andreu Martin y que durará hasta hace muy poco con Los gemelos congelados (Fanbooks, 2015). Un personaje que incluso enlaza en ficción con otros con un perfil muy diferente como Charlotte de Gemma Lienas.
Pero es inusual que la policía disfrute de la buena prensa y menos aún que gane un premio, y por eso me sorprende gratamente que el jurado del último Edebé haya premiado la obra de Lozano. Una historia clásica donde el olor de un subinspector de la policía revelará que lo que parece ser un suicidio esconde otra cosa. Una novela que tal vez se alargue demasiado, por lo que estamos acostumbrados al género, en la relación de la pareja protagonista y su encuentro en la estación de McDonald's de Sants, pero que se acelera correctamente en el ritmo interno a medida que pasan las páginas, obligándonos al final a mantener nuestras narices atrapadas en el libro.
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